LA ENCAMISÁ, fiesta y tradición
torrejoncillanas antiquísimas, de las cuales es difícil
precisar datos históricos incontestables, parece que
tiene su procedencia en algún hecho bélico en
el que intervienen torrejoncillanos.
Algunos estudiosos remontan la conmemoración
a la batalla de Pavía, en la que un capitán
Avalos, torrejoncillano, volvió sano y salvo a su pueblo
por especial intercesión de María Inmaculada
e introdujo la costumbre de celebrar la fecha cubierto con
las sábanas blancas que las tropas imperiales ponían
sobre sus armaduras para camuflarse en los parajes nevados.
Otros, precisando menos, hablan de un grupo de torrejoncillanos
que en cierto 7 de diciembre, hallándose en el fragor
de una batalla, se encomendó a la Virgen y, cubriéndose
con sábanas blancas para confundirse en la nieve, lograron
salvarse intactos.
Y todavía hay otros que remontan la costumbre al siglo
XIII, durante la reconquista, cuando las tropas de Alfonso
IX de León debieron apoderarse del castillo de Portezuelo
como vía definitiva en su camino hacia Cáceres.
El hecho es que LA ENCAMISÁ, además de testimonio
de la fe de un pueblo, el torrejoncillano, que en la madrugada
del día de la Inmaculada lleva su fervor al paroxismo,
es hoy una de las fiestas más típicas y de más
colorido de Extremadura y aun de España. Ocurre en
la noche del 7 y el amanecer del 8 de diciembre de cada año,
cuando concluye la última de las novenas que Torrejoncillo
dedica a la Virgen y que acaba entre los vítores y
las aclamaciones del pueblo a su patrona.Centenares de jinetes,
cubiertos con sábanas, acuden a casa del Mayordomo
para recibir el farol que deben portar durante LA ENCAMISÁ,
y mientras el vecindario apresta sus escopetas y las campanas
no cesan en el repique que anuncia el poco tiempo que falta
para el comienzo de la celebración.
Cuando el estandarte sale de la Iglesia, un pueblo entero,
en el que se han concentrado todos los muchos ausentes, vibra
de emoción y vitorea a la Virgen con los más
cariñosos epítetos. Rompen los miles y miles
de disparos de escopetas, con sus salvas de fogueo y algo
que no se comprende si no se ve, se apodera de la población.
Son aproximadamente dos horas las que transcurren desde la
salida del estandarte, hasta que el mayordomo vuelve a ponerlo
en manos del cura párroco. Dos horas que no tienen
otra explicación que la de las raíces de un
pueblo, la fe y la pasión de Torrejoncillo, que se
mira y se repite siempre con originalidad primaria en esta
noche, que resulta memorable, no sólo para los torrejoncillanos,
sino para todos los que acuden a compartir una fiesta enraizada
en el fervor mariano.
Fiesta declarada de Interés Turístico, a partir
de 1973, corre su organización a cargo de la Asociación
cívico-religiosa-cultural LOS PALADINES DE LA ENCAMISÁ,
que todos los años sortean entre ellos el honor de
la mayordomía, evitando así que una sola persona
corra con los cuantiosos gastos de esta fiesta, como era costumbre,
e implicando más al pueblo.