Los primeros restos
arqueológicos hallados en la sierra proceden del 3.000
a.C., aunque nómadas cazadores y recolectores debieron
utilizar Sierra de Gata como paso entre ambas mesetas. Posteriormente,
se produjo la ocupación de varias zonas elevadas, dado
que permitían un mejor control del territorio. Así,
en lugares como Santibáñez, Dehesa Alta de Perales,
Sierra de Santa Olalla o San Martín, se han encontrado
menhires y estelas funerarias.
La extracción de oro
y estaño permitió el establecimiento
definitivo de algunos pueblos que diseñaron enterramientos
en dólmenes, como los de Hernán Pérez,
y poblados amurallados como El Castillejo, en Villasbuenas
de Gata.
La Edad del Hierro
consolidó los castros, donde vivían pueblos
pastoriles y guerreros, como lusitanos y vetones.
La belicosidad de estos pueblos requirió
la presencia del mismo César, en 68 a.C., dirigiendo
varias campañas de hostigamiento, que culminaron con
la adscripción a la provincia Lusitania, con capital
en Mérida en el año 27 a.C. Los nuevos asentamientos
viven de la agricultura y la ganadería, beneficiándose
el comercio del paso de la Vía Dalmacia, que unía
Caurium (Coria) y Mirobriga (Ciudad Rodrigo).
La implantación del cristianismo
creó sendas diócesis en las villas citadas,
aunque la invasión musulmana, en el 711, y la toma
de Coria en el 750, cambió la vida gateña.
En esos momentos, la sierra cobró importancia
estratégica al configurarse como un destacado bastión
de la resistencia en el que se creó una red de fortificaciones
militares siguiendo rutas y pasos: San Juan de Máscoras,
Almanara, Trevejo y Eljas. Las luchas finalizaron con la toma
definitiva de Coria y Alcántara, en 1213, a cargo de
Alfonso IX, quien fijó la frontera portuguesa.
Las fortalezas
estaban en manos de las órdenes militares, como templarios,
hospitalarios y, sobre todo, la Orden de Alcántara,
(heredera de la primitiva Orden del Pereiro) cuyos intereses
económicos desataron intrigas y luchas nobiliarias
entre los siglos XIV y XV.Hoy, se conservan vestigios de las
de San Juan de Máscoras (hoy, Santibáñez
el Alto), Almenara, Trevejo, Eljas y Salvaleón (esta,
en Valverde del Fresno) y atalayas menores como La Milana,
en Moraleja.
De ellos, el de Trevejo, ya desmochado, aún
vigila las sierras de Garduño, San Pedro, Albilla y
Cachaza, y, a sus pies, un mar de viñedos, olivos,
robledales y pastos. Su origen musulmán, del siglo
XII, se esconde bajo las ruinas de la fortaleza levantada
a finales del XV por los caballeros de San Juan de Jerusalén,
aunque también refugió a santiagueses y alcantarinos,
mientras, a sus pies, la iglesia de San Juan protege una docena
de tumbas arrancadas a la roca viva.
Similares muestras de ese pasado se conservan
en pueblos como Gata, villa de arquitectura serrana, empinadas
calles y frescas fuentes.
Entre el caserío, sobresale la iglesia
de San Pedro Apóstol, mientras pinos piñoneros
y cedros acompañan el paseo hasta la ermita del Cristo
del Humilladero, del XVI, con curiosas pinturas murales. En
la zona alta de la villa, parte el empedrado camino del Puerto
de Castilla, antigua ruta arriera que lleva a la ermita de
San Blas, protagonista de una célebre romería.
Distinto es el sabor que impregna Robledillo
de Gata, acaso el más original de los pueblos gateños.
Volcado sobre el agreste curso del Arrago, la aldea se aferra
a la pendiente ladera entre juegos de luz, pizarra y teja
y verdores íntimos.
Allí, los bancales de viñedos
y olivares compiten con la curiosa planta hexagonal de la
iglesia dedicada a la Asunción, y el aroma de rosales
y geranios con los olores de establo y de tahona y con el
salóndrigo, el húmedo perfume de las bodegas
caseras donde se asienta el vino turbio.
En el templo, un gran pórtico en rueda
y un artesonado mudéjar protegen un San Miguel y un
Cristo articulado. O como el despoblado Salvaleón,
allí donde unen sus aguas el Eljas y el Basádiga.
Notorio lugar medieval y anterior fortificación semejada
con Interannia, el municipio lució el mismo fuero que
Coria, concedido por Alfonso IX, hacia 1229.
Otro rey, Carlos I la destruyó persiguiendo
comuneros, aunque ayudado por las guerras con Portugal, siglo
XVI y XVII, en las que fue muy castigada. Acaso, hubo vecinos
de la villa entre los setenta y cuatro serragatinos que fueron
en las naves que llegaron al Nuevo Mundo, como viajaron Marcos
Veas, uno de los fundadores de Santiago de Chile; Pablo Pérez,
lugarteniente de Pizarro en el Perú, ambos de Hoyos;
o Fray Francisco de Gata, constructor de calzadas y puentes
en Filipinas.